No la tenemos fácil
27/06/2025 - No la tenemos fácil. Tuvimos infancia analógica y juventud digital. Vimos suceder todos estos cambios, por eso todavía nos fascinan y no damos nada por sentado. Crecimos en un ambiente de respeto distante con los padres y por eso nos preocupamos por estar cerca y siempre disponible para los hijos. Crecimos con papá y mamá trabajando activamente fuera de casa y tuvimos que aprender a arreglarnos, ya que llegábamos a una casa sin adultos, desde la escuela. Entonces, tecnología mediante, le buscamos la vuelta para estar mucho más presentes para nuestros hijos (hijas por acá).
Pero esta necesidad de poder con todo y estar para todos no nos está haciendo fácil este juego que es vivir.
Suena el despertador a las 6.30AM. Necesito apagarlo una vez antes, para que vuelva a sonar antes de levantarme. Es inevitable. Me hacen falta esos cinco minutos más en la cama. Suena de nuevo. Me levanto o no llegamos, en realidad no llega Cande, pero es mi responsabilidad. La despierto, escucho pedido de desayuno (¿mate o café con leche?) y voy a la cocina. Digo “qué feo”, por primera vez. Agua en la pava, pava en el fuego, vacío el mate y lo lavo (¿sería más fácil si lo lavara a la noche?), lo lleno con yerba nueva, pruebo el agua. Preparo la infusión de Cande. Vuelvo a probar el agua de mi mate. Tomo uno. Lleno el termo. Tomo otro. Le sirvo el desayuno de Cande en el comedor. Llevo mi mate al comedor. Controlo que esté todo en la mesa. Me siento. Digo “qué feo” otra vez. Leo los títulos del diario en el celular. Se levanta Ariel. Jugamos piedra, papel o tijera. El que pierde se viste para acompañar a Cande a la escuela. Rogamos por la llegada de la claridad que traen los días de primavera. Digo “qué feo” una vez más.
Después de desayunar toca trabajar un rato. En casa, por suerte. Conseguimos cierta estabilidad y libertad que se agradece. Seguro va a llegar el listado de pedidos de las casas de padres respectivos. Algunos atendibles en el momento y otros que tendrán que esperar. Nunca entendieron, porque no se estilaba cuando ellos trabajaban , que estar en casa no significa estar disponible 7 por 24.
Se hacen las 11 intentando definir el almuerzo. Si no se sirve la comida a las 12.15hs, Vicky no termina de prepararse y no llegamos a la escuela (Vicky no llega, pero todo es personal). Suena el teléfono a las 12.30hs. Queda sonando. Ya deberían haber aprendido, no es hora para llamar. Pero no aprenden. Siguen llamando, sigue sonando.
Acompañar a Vicky a la escuela es menos traumático. Se encara según agenda de cada uno, pero sin protestar.
Pienso qué día es, para el almuerzo de Cande: lunes viene con Candela, martes depende, miércoles no (salvo que suspendan educación física), jueves depende del menú, viernes sí, pero tardísimo, si no avisa que no. ¿El horario de vuelta? Igual de imprevisible.
Escuchar de su cansancio, sin terminar de entenderlo. Mis jornadas escolares eran bastante más largas. Y recuerdo haber pasado mucho más tiempo estudiando en casa que el que ella o la hermana pasaron nunca. Intentar comprender, desesperar por la apatía desplegada en el sillón. Pedir que haga las cosas usando las dos manitas que Dios le dio, soltando por un rato el celular. Querer echarme en el sillón de esa misma forma. Intentar un rato, con culpa, hasta que llegue un mensaje o suene el celular pidiendo algo.
Sentarme a trabajar y atender el timbre. Infinitos repartidores llegan para atender una aceitada cadena de suministro que mantiene tres casas en funcionamiento. Cada uno implica bajar, abrir la puerta, cargar en el ascensor, ordenar o embalar y distribuir.
Y llegamos a esta altura del año entre agotados y quemados, queriendo matar a alguien o dormir por una semana.
Atendiendo las tormentas emocionales de nuestra adolescente. Obligados con su explosión, a vernos en el espejo más nítido, ese que nos marca todos los defectos, de la peor forma posible.
Apoyando los desbordes de la preadolescente, que se indigna cuando el mundo no se adapta a sus esquemas (los únicos válidos) y sus compañeros no se comportan como ella pretende (que sería bien).
Intentando ayudar a los padres respectivos, agradecidos por tenerlos, pero también, haciéndonos cargo de las consecuencias de decisiones que no tomamos (y no creo que hubiéramos tomado).
Intentando en el medio del caos, trabajar y cumplir con los que confían en nosotros y nos contrataron.
Intentando, a pesar de todo, ganarle tiempo al tiempo, para hacer algo por nosotros, para nosotros, que nos conecte con los que queremos ser. Intentando también construir nuestro futuro, diseñar los que vamos a ser en 10 años, imaginar nuestro destino posible.
No nos la dejaron fácil, o no nos la pusimos fácil. Queriendo ser mejores que todos, acostumbrados a poder con todo, terminamos al servicio de todos. Y sin un segundo libre para soñar una mejor forma de ser y vivir.
¿Cómo llegaron a la mitad de este 2025? ¿Soy la única que se siente así? ¿O es un problema de esta generación que tiene hijos y padres a cargo, trabajo y casa? ¿Hay salida, sin mandar a todos a freír churros?