El problema final
Finalizado el 02/12/2023
Escuché el nombre de Arturo Pérez Reverte en una mesa de amigos lectores en la que estaba de acompañante, en los primeros tiempos de mi noviazgo con Ariel. Decían que “El club Dumas” había sido de las mejores novelas que habían leído. El cazador de libros que iba tras un capítulo del manuscrito de Los tres mosqueteros y de un ejemplar del libro escrito por el diablo, al mismo tiempo. Para la Navidad de ese año, Ariel me regaló el libro y la película basada en el mismo, “La última puerta”, de Roman Polanski. Fue un camino de ida al descubrimiento de un autor que se transformó en mi prefe de la vida adulta. De a poco me regalaron o compré y leí casi todo lo que había escrito. Me volví incondicional suya, leyendo semana a semana, las columnas que publica en el suplemento dominical y sumé adeptas a su club de fans.
Con Nina, querida y presente, esperábamos cada una de sus novedades y comentábamos cada una de sus novelas. Teníamos diferencias en los preferidos y muchas coincidencias. Sidi fue nuestro último amor comentado. Ya no la tuve a tiro de teléfono o cruce en la esquina para comentar “Línea de fuego”, que estoy segura hubiera amado ni los que siguieron después. Tengo “El italiano” empezado y no compré ni me regalaron “Revolución”. Y para el día de la madre de este año me regalaron “El problema final” que conjuga dos amores literarios.
Empecé a leer novelas policiales en 7mo grado, obligada por Virginia, una de las pocas que leía por puro gusto de mi curso y con la que intercambiábamos recomendaciones y libros. Un día me trajo “El misterio de Pale Horse” de Agatha Christie, en las ediciones de Editorial El Molino, que había descubierto en la biblioteca de su madrina, con la orden de leerlo. Me costó entrarle, protesté, le dije que era aburrido y se mantuvo firme en que confiara y siguiera leyendo. No demasiado convencida, pero confiando en el criterio de Virginia, seguí leyendo hasta que el misterio me atrapó. En mi defensa debo decir que no es el título que hubiera elegido para presentarle el género y la autora a alguien nuevo, pero cuando aparece Hercules Poirot, con sus deducciones impecables y su cabeza de huevo, me sumó a sus incondicionales. Después llegaron Styles, Orient Express, Roger Ackroyd y los otros personajes de Agatha (Miss Marple, Tommy y Tuppence, Ariadne Oliver). Y los otros detectives de la literatura: el Padre Brown de Chesterton, Maigret y por supuesto Sherlock Holmes. Los policiales clásicos, con misterio y detective que aplica el método deductivo, fueron compañía obligada de los veranos de estudiante y de los primeros años de la vida de adulta y me regalaron incontables horas de diversión.
Este año mi autor preferido de ficción y mi amor de adolescencia se combinaron en un policial de los de antes, con detective, misterio y cuarto cerrado, con todos los elementos que se esperan del género y montones de pistas a disposición del lector. El problema final nos trae a un actor retirado que supo representar a Sherlock Holmes, en una isla aislada por el clima como en “Diez negritos”, con doce sospechosos posibles. Un detective improvisado que nos invita a seguir los caminos de sus deducciones, nos muestra y nos esconde. Y cuando está llegando el final, cuando nos dice que ya deberíamos saber qué pasó, todo encaja en tu cabeza, todo se ordena y te das cuenta. Pero tenés que seguir leyendo las últimas páginas para confirmar que así fue.
En un año de mucha lectura de no ficción para poder avanzar con temas académicos y laborales, El problema final fue una vuelta a los tiempos de estudiante, fue volver a disfrutar con la novedad de un misterio no resuelto. Y el disfrute de todos los guiños que el autor deja al lector que es cómplice porque leyó los mismos libros y vio las mismas películas. Quiero más de eso.


